Un cuento (Una parábola)
Una parábola es una narración que pretende dejar una enseñanza moral; si bien no me considero un escritor "moralista" en el sentido estricto y desagradable de la palabra, sí al menos en el sentido más puro e ideológico.
Me considero moralista en cuanto al respeto ajeno y la aceptación, y este cuento tiene mucho de eso: hay que conocer antes de juzgar a alguien, eso es todo.
El cuento lo escribí para un concurso, pero no pude mandarlo por falta de fondos.
Espero lo disfruten.
Ossip Valavieri
Ángel Cabrera no había hecho dinero en su vida; no había hecho siquiera algo digno de mencionarse con el tono orgulloso y pedante que suelen algunas personas imprimirle a sus acciones. Lo único que había hecho durante toda su vida era sentarse a la orilla del lago y esperar a que regresaran por él, nada más. O al menos eso es lo que solían decir aquellas personas de ojos acusadores pertenecientes a la “Gran Asamblea de Gente que decide lo que está Bien o lo que está Mal”. Pero para Ángel era mucho más su vida. Él sabía que no estaba ahí más que de paso, que había llegado siendo muy chico y ahora, que no era más que un viejo que era tomado a broma por todos en el pueblo, era tiempo de marcharse, de regresar al hogar.
Ángel pasaba todo el día, como ya se ha dicho, en el lago. Se le podía ver un día pescando, otro día simplemente contemplaba el horizonte (sólo él sabía cuánto le gustaba ver las siluetas de los pescadores enmarcadas por el sol), o en ocasiones hasta se le podía ver construyendo castillos y figuras en la arena. Pero nadie veía esto, sólo se limitaban a la idea general de que Ángel era un “don nadie” destinado a pasar el resto de su vida sin pena ni gloria y morir sin que nadie sintiera el menor pesar en su alma o al menos el mínimo de lástima que cualquier ser humano más o menos decente está obligado a sentir por naturaleza propia.
En el pueblo solían decir, en tono de burla, que Ángel algún día se convertiría en pez, uno muy perezoso, y se sumergiría en el lago para no emerger jamás. Los más chicos creían ciegamente que se convertiría en un delfín o hasta en una ballena, pero luego de unas cuantas lecciones de biología aprendidas en la escuela se daban cuenta de que un delfín nunca podría sobrevivir en un lago… ni hablar de una ballena. Así que, derrotados y algo decepcionados tenían que conformarse con la idea del pueblo; aquella del pez gordo, gordo y perezoso.
Pero Ángel ni cuenta se daba de todo lo que en el pueblo se decía de él, aunque lo presentía. No tenía más que regresar a su casa cada noche (luego de otro día de esperar desde antes del amanecer hasta el anochecer a que volvieran por él), para darse cuenta de las risas, comentarios a voz queda y miradas de burla, para saber que se había convertido, sin proponérselo (pero claro está, haciendo muchos y bien merecidos méritos para ello), en el loco del pueblo… pues cada pueblo debe tener su loco.
Ángel solía contar a los que estaban dispuestos a escucharle (en la mayoría de los casos eran turistas que, al verle ahí solo, sentado, no podían ignorar la buena curiosidad humana y se acercaban a preguntar), entonces Ángel, luego de encender un cigarrillo y dar unas cuantas bocanadas, contaba cómo él, siendo apenas un niño pequeño, había salido del lago, de lo más profundo, y se había internado a vivir en el pueblo. Y que ahora ya sólo le quedaba esperar a volver… << Pero tengo que esperar el momento justo >>, solía decir Ángel como final a su relato. << No me voy a arrojar al agua como un vulgar nadador irresponsable, yo sabré cuando el momento llegue >>.
No hay que decir entonces que los turistas que se aventuraban a la historia de Ángel regresaban, o impresionados por la inventiva de aquel viejo, o compadeciendo su senectud y muy posiblemente problema mental.
Pero para un viejo que ha pasado tanto tiempo en la misma empresa ya le es difícil diferenciar cuándo se es imaginativo o simplemente se raya en la locura. Ángel Cabrera, cada que una idea pesimista le azotaba la cabeza solía mirar fijamente el lago; tan fijo que ni parpadeaba, tan fijo que sus ojos lloraban por permanecer tan abiertos, y solía pensar en lo mágico que tenía aquél lugar; ese brillo tan especial en el agua, esa fuerza que le llamaba constantemente pero no de forma definitiva aún.
Ángel solía decir que la magia estaba en todas partes, pero que sólo alguien ciego del alma no podía verla. Se preguntaba qué sucedería cuando alguna buena mañana la gente del pueblo ya no le viera más a las orillas del lago. Quizás pensarían que por fin se habría cansado de su absurdo cuento, o que habría muerto en su casa, solo. Pero Ángel sabría que cuando ese día llegara él estaría regresando a su hogar, a lomos de aquellos peces enormes y bastante amables que le trajeron cuando niño, y que, si tuviera la oportunidad, saldría una última vez a la superficie, y ahí estaría todo el pueblo, mirando cómo el viejo Ángel tenía razón, despidiéndose de él, agitando sus manos frenéticamente para hacerse ver, y Ángel sólo levantaría una mano y diría adiós de la forma más escueta y agradecidamente posible, pues aquel pueblo se había ganado su corazón y, aunque él no hubiera conseguido hacer lo mismo con el corazón del pueblo, al menos sabía que le recordarían por mucho tiempo, y aquel lago no volvería a ser visto de la misma forma, por fin todos verían ese brillo tan especial que sólo Ángel podía ver.
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