Ossip Valavieri

"No existe nada bueno ni malo, es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así" William Shakespeare

Noviembre, 2007

8.11.2007 GMT

La casa de angora

El siguiente cuento tiene una historia interesante; lo escribí hace muchos años, fue uno de los primeros que escribí, allá por finales de los 90`s. Pero lo verdaderamente interesante es que fue una historia verídica (claro que con ciertos arreglos). Cuando tenía 9 años vivía con mi familia en una casa céntrica llena de historias, leyendas e imaginación. Frente a la casa había un parque rodeado de casas pequeñas, pero en una de ellas vivían puros gatos de angora. En cierta ocasión un amigo y yo entramos en esa casa, de noche. Lógicamente sucedieron cosas inquietantes.

Que lo disfruten.

Ossip Valavieri

Recordaba aquél parque como algo enorme, aunque no lo fuera tanto (eso lo descubrí en mis visitas más recientes), pues cuando niño me parecía tan grande como los árboles a los que solía trepar. A mis diez años vivía con mi familia en un viejo barrio citadino, de esos en los que todos se conocen, llenos de tradiciones y sus propias leyendas. Todos los niños solíamos juntarnos en las noches, mientras los grandes iban a fiestas u otros lugares y alguna que otra pareja se sentaban por allí. A la luz de una luna oscurecida que nos coronaba a todos contábamos historias de cosas que sucedían en aquel lugar; de monstruos, de fantasmas, asesinatos, cualquier cosa que nuestras jóvenes mentes imaginaran era motivo de un cuento. Los que encabezábamos las veladas éramos los más grandes; M. V. y por supuesto yo. Los demás eran pequeños e ideales para probar nuestras historias, asustándolos hasta tal punto que sus madres les prohibían ir a la noche siguiente, pero siempre se las arreglaban, de alguna manera, para escapar.

M era una especia de maestro, todos los niños opinaban que era el que contaba las historias más fantásticas y aterradoras. Pero yo no tenía la misma opinión, ya desde esa edad opinaba que sus historias eran más fantasiosas que aterradoras, siempre había monstruos que aparecían de la nada, animales extraños que aterraban a sus personajes pero que no lograban convencerme. A mi me gustaban más las historias que contaba V. que eran más realistas y más aterradoras. Yo, por mi parte, siempre me caractericé por ser el chico que alguna vez contó la historia que asustó a todos, incluso a los grandes, pero que jamás pudo superarse a sí mismo. Aquello me frustraba, pues realmente pasaba horas y días planeando mis historias, pero aquella, de la cual ahora sólo recuerdo la anécdota, fue tan convincente y aterradora que me llevó a la cima tan rápido que el golpe de caída fue como la sacudida en un sueño.

Todas las noches comenzaba M. tenía un extraño ritual para antes de comenzar a contar; primero hacía que todos nos sentáramos en un pequeño círculo, llevaba una linterna de su casa, la cual utilizaba, como ya era una tradición, para iluminarse el rostro desde abajo. Nos miraba a todos fijamente, como estudiándonos, en momentos se detenía en los ojos de uno de los más pequeños y le miraba sin parpadear hasta que hacía que el niño desviara la vista. Si algo había que reconocerle, era su maestría a la hora de contar una de sus historias, y, aunque en momentos incluso a mi llegaba a mantenerme con un expectante suspenso mientras las contaba, debo decir que sus finales siempre me decepcionaron, eran como si se los inventara en ese momento.

Una vez comenzada la historia había que ponerle atención, pues M. no soportaba, mientras contaba su historia, descubrir un par de ojos que no estuvieran atentos; se levantaba de un salto y armaba un alboroto, regresaba a su casa y sólo volvía a salir después de varios minutos de un ruego constante por parte de los más pequeños, que incluso ofrecían encerrar al causante de su enojo.

Terminada su historia continuaba la de V. que siempre nos sorprendía con algo nuevo y fresco, todo lo contrario a M. que a mi me parecía que había contado la misma historia todos los días, pero nadie se había dado cuenta de ello.

Algo que me gustaba de V. era que todas sus historias giraban en torno a las leyendas del barrio, él investigaba con los adultos y se documentaba acerca de la historia de cada una de las casas del lugar. Los asesinatos de monjas en la vieja escuela que antaño había sido un convento, la vieja casa embrujada (pues todos los barrios tienen una vieja casa embrujada). El fantasma que decían solía aparecerse en el parque después de las doce de la noche. Todas esas habían pasado a formar parte de las historias de V.

En cuanto a mí, la gran historia que alguna vez conté y me valió el respeto que mis cofrades aún me tenían, giraba en alrededor a una vieja leyenda que existía desde principios del siglo. Mi casa era la más vieja de todo el barrio, era de esas casas antiguas, de altos techos y paredes húmedas. Tenía más cuartos de los que podíamos utilizar, y todos estaban unidos por escabrosos pasadizos semi-subterráneos. Pero aquello no formaba parte de la historia, sino simplemente de la imaginación de los arquitectos de antes. El hecho era que, en la azotea, existía un cuarto más, pequeña y de asbesto, era el cuarto de servicio (yo escuchaba que así lo llamaba mi madre, aunque yo me preguntaba a quién servía el dicho cuarto, pues no parecía servir para nada, ni siquiera para guardar viejas cosas). Ese cuarto era oscuro y solitario, siempre olía a humedad. Mis hermanos y yo teníamos un juego, consistía en ver quién era el más valiente y soportaba más tiempo solo en el cuarto (por lo regular ganaba mi hermano mayor, que indudablemente aprovechándose de su malicia para con sus pequeños hermanos se las arreglaba para aparentar pasar tiempo en el cuarto, cuando en realidad se brincaba por las azoteas hasta la casa de un amigo suyo y, sabiendo que ninguno de nosotros se atrevería a subir a verificar que siguiera allí, regresaba tan campante una o dos horas después. Naturalmente cuando lo descubrimos ya éramos más grandes, y sólo se limitó a reír a carcajadas mientras nosotros le lanzábamos cosas.

Pues bien, la historia que me hizo grande entre mis amigos me fue contada a mí por mi padre. En el viejo cuarto de servicio había un pequeño ventanal viejo de media luna, de vidrios rotos y pañosos pero que dejaban ver, no muy claramente, un enorme teatro abandonado que estaba en algún lugar en medio de toda la manzana, pues cuando me dediqué a buscarlo en la calle no pude dar con él. Desde nuestro cuarto podían verse hileras de desvencijados asientos rotos, suciedad, una que otra rata corriendo de aquí allá y, sobre el escenario, una enorme águila de madera que se posaba sobre una mampara y observaba al público amenazadoramente. Mi padre me contó que aquel teatro era donde las mujeres se ofrecen a los hombres por dinero (literalmente me lo dijo de ésta manera), yo al principio no comprendí a lo que se refería, pero no le di importancia. Dijo, también, que durante el funcionamiento del teatro se suscitaron allí innumerables asesinatos, las mujeres aparecían muertas cada vez que una quedaba embarazada, y todos los cuerpos eran enterrados bajo el entarimado del escenario. Esa era toda la historia, pero yo la tomé y la transformé de tal forma que se convirtió en la gran historia que ya señalé pero de la cual ahora no recuerdo cómo era exactamente.

Todo aquello era lo que acontecía en el viejo vecindario; las noches del parque eran para los niños y sus historias de fantasmas. Cada noche era una nueva competencia para M. V. y yo. Yo ya estaba harto de siempre quedar humillado y de que todos me miraran con sus ojos consoladores y hasta cierto punto de lástima, por lo que, una mañana, decidí darme a la tarea de crear la mejor historia que jamás pudiera un niño contar.

En el barrio, como ya dije, había leyendas, y una de ellas era sobre un viejo consultorio médico abandonado. El viejo casorio era grande como mi propia casa, incluso más, pues abarcaba una esquina completa del parque. Era de color azul pero deslavado por el abandono, la lluvia y el sol. La puerta de entrada era una reja de acero, y en el interior inmediato podía verse una alta escalera de caracol que serpenteaba hasta un segundo o incluso tercer piso. Antaño aquella casa había sido un consultorio, nadie recordaba de qué, incluso nadie recordaba haberlo conocido cuando funcionaba; eran pocos los adultos que lo recordaban, lo que daba a pensar que quizás llevara más de cincuenta o sesenta años abandonada. La casa era como un emblema del barrio, los niños solíamos arrojar cosas a la escalera o al techo, los grandes hablaban de haber entrado a beber cerveza, incluso los adultos sentían cierta afinidad por la vieja casa. Yo, en contadas ocasiones, sorprendía mi madre mirarla con cierta nostalgia cuando pasábamos por ella. Pero jamás a los niños se nos ocurrió contar una historia sobre la casa, siendo que era un material excelente para cualquier escritor.

Lo más que recuerdo en cuanto a expectación por la casa, de parte de nosotros, fue una vez que, en la noche, la policía tocó en todas las casas, preguntando a los padres si no habían escuchado algún ruido extraño o visto a alguien sospechoso merodear el parque. La explicación de la policía fue la siguiente; que un par de jóvenes robaron una tienda y, mientras les perseguían, les perdieron de vista, y creían que quizás se habían escondido en alguna casa. La respuesta de mi padre, en su turno, fue la de buscar en la vieja casa abandonada, la clínica vieja.

Al día siguiente no se supo qué sucedió, ni siquiera estábamos convencidos de que los policías hubieran entrado en la casa abandonada para buscar a los jóvenes. Pero eso no impidió que los niños comenzáramos a sacar conjeturas acerca de lo que les sucedió a aquellos muchachos, pero, a pesar del interés que mostramos durante unos días, de repente el interés se apagó como si nunca hubiera sucedido nada.

Aquél recuerdo llegó a mi mente una noche que, mientras yo permanecía recostado sobre mi cama, con ambos brazos sobre mi frente y los ojos abiertos, pensaba en una historia, sin tener mucho éxito. La casa abandonada llegó entonces como en un sueño, y la idea se metió en mi cabeza como golpe certero. Si quería regresar a la cima en la que alguna vez estuve tenía que entrar en la casa y descubrir qué había dentro. Era la decisión que había tomado, y si quería tener éxito debía mantenerla en secreto.

Al día siguiente desperté con la idea fresca en mi cabeza, incluso durante la noche soñé en cómo lo haría; esperaría la noche, después de nuestra reunión de siempre, después, incluso, de que todos se durmieran. Debía salir de mi casa, vestirme para la ocasión, llevar las cosas necesarias, entrar en la casa, dar un rápido vistazo y regresar a mi cama sin que nadie se diera cuenta.

Era sábado, y no había escuela, así que pasé todo el día verificando mi plan una y otra vez, buscando algún punto débil y reforzándolo. Cuando llegó la noche, y después de la ronda de historias (en la cual yo estuve presente pero ausente, pensando en lo que iba a hacer y en la magnífica historia que contaría la noche siguiente). Regresé a mi casa y, una vez que todos se habían dormido me levanté, me vestí en silencio, pues aunque contaba con un cuarto propio la acústica en la casa era inconvenientemente excelente. Coloqué cuidadosamente unas ropas bajo las cobijas de mi cama (un viejo truco del que nadie está seguro funcione), y salí de mi casa, cargando una linterna y un cuchillo de cocina por si había que defenderme de alguna rata.

Eran casi las dos de la madrugada, y aunque tenía sueño la adrenalina no me dejaba dormir. Crucé el parque cuidadosamente, todo estaba oscuro y silencioso, se podían escuchar los grillos que cantaban. Llegué por fin a la casa abandonada, y el primer obstáculo apareció, ¿cómo entrar?, en mi emoción y aparente seguridad olvidé ese detalle, pues naturalmente la puerta no iba a estar abierta. Pero para mi sorpresa lo estaba. Cuando me acerqué a buscar una forma de abrir descubrí que la reja estaba abierta, y un leve empujoncito bastó para abrirla de par en par. Me quedé pasmado en mi lugar cuando escuché el imprudente chillido que provoqué al abrir la puerta de esa manera, y al ver que nadie pareció escucharlo me decidí a entrar, cerrando la puerta detrás de mí, ahora con cuidado.

El interior estaba oscuro, demasiado oscuro. Encendí la linterna y alucé las viejas escaleras, las cuales se levantaban hasta perderse de vista entre la brumosidad de la oscuridad. En aquél momento mi corazón comenzó a latir, como si todo ese tiempo hubiera estado dormido. Pero ya había llegado hasta allí, así que decidí continuar. Puse un primer pie sobre el primer escalón y un leve chirrido me hizo quitarlo de inmediato, la escalera parecía firme, pero esa forma de rechinar no me agradaba. Decidí subir lentamente, aunque me tardara una hora en hacerlo, pero las precauciones no estaban de más. La escalera se bamboleaba levemente de un lado a otro mientras yo apoyaba mi peso en ella, y cuando por fin llegué al final me encontré en una habitación pequeña que tenía unos cuantos muebles viejos y polvozos; algunas sillas y un viejo escritorio, era una sala de espera, o al menos eso parecía. Las paredes estaban cubiertas de un sucio sarro amarillento, y pedazos del techo caían en forma de un fino polvo cada que yo daba un paso. El silencio era inquietante, y el hecho de escuchar mi propia respiración me ponía más nervioso que tranquilo. Atravesé esa habitación y entre en una más grande y espaciosa. Ésta tenía instrumental médico muy viejo, frascos de medicinas regadas por el piso y otras más dentro de viejos estantes de madera. El lugar olía a humedad y polvo, y un leve olorcillo como a podredumbre emanaba de algún lugar dentro de la casa (yo pensé en una rata muerta).

Al cruzar hacía una nueva habitación me encontré con unas paredes rotas y abolladas. Me inquietó el hecho de encontrar marcas como de garras en el piso y en las paredes, así como algunas manchas de sangre que no parecía muy vieja. Pero aún así continué caminando, imprudentemente necesitado.

Mientras me movía podía escuchar nuevos sonidos que antes no me acompañaban; eran como pasos, pasos ligeros y casi imperceptibles. Luego algunas sombras comenzaron a aparecer por doquier, moviéndose con presteza por el suelo, dando saltos y escondiéndose en resquicios de las paredes. Quizás todo aquello no era más que mi mente infantil que retorcía un tanto las cosas por el miedo que sentía, pero el caso es que jamás en mi vida sentí tanto miedo como aquella vez, y mucho más cuando me di cuenta de que nada tenía que ver con mi imaginación.

De nuevo pasé de habitación y salí en otra que gozaba de un tragaluz en el techo y un enorme vitral antiguo que representaba a cristo con un corazón sangrante en sus manos. Apagué la linterna, pues los rayos de la luna se metían por los trozos descubiertos del vitral y por el tragaluz, iluminando todo en un desquiciante tono azuloso brumoso. Me encontraba en medio del tragaluz, iluminado por la luna, observando a mi alrededor, el vitral religioso no me tranquilizaba en lo mínimo, y un enorme charco de sangre seca que había junto a unas pilas de diarios viejísimos ayudó a que mis nervios se alteraran.

Yo no podía pensar en otra cosa más que en salir de ahí, tomé el cuchillo que llevé de mi casa con mi temblosa mano y me sorprendió el hecho de no dejarlo caer cuando vi, en la oscuridad que estaba pegada a las paredes, un pequeño circulo amarillento, luego noté que se trataba de un ojo que me miraban fijamente. Trastabillé un poco cuando lo vi, dando unos ligeros pasos hacia atrás, quizás demasiado nervioso, pues mi corazón dejó de latir tan rápido cuando de entre aquellas sombras saltó el dueño de aquel centelleante ojillo; era un gato, un gato de angora, blanco y de pelaje lustroso y esponjado, el cual tenía un ojo cerrado por una herida. El animal comenzó a moverse por la habitación como hacen los gatos, altaneramente, meneando la cola y la cabeza al mismo tiempo y sin despegar su ojo de los míos. Debí salir en ese momento, pero algo hizo que me quedara un momento más. El gato se dirigió hacia donde la sangre seca formaba una extraña figura en el suelo, y comenzó a lamerla, sacando su puntiaguda lengua por entre su hocico, provocando un chasquido singular. Aquello fue lo que me hizo despertar de una especie de letargo en el que estaba sumido, caminé hacia atrás cautelosamente, como si pensara que el animal me saltaría encima si me atrevía a correr. Pero entonces estuve a punto de tropezar, giré rápidamente y vi cómo corría, entre mis pies un segundo gato, idéntico al primero, el cual levantó la cabeza y me miró, y cuando lo hizo gruñó, mostrándome sus filosos colmillos.

Ya no me importaba nada y estaba presto a salir corriendo, pero entonces escuché una terrible respiración asmática, como enferma, y me di cuenta que era observado por decenas, o cientos de ojillos amarillos desde toda la oscuridad que me rodeaba. Me quedé quieto sin moverme, esperando a que algo sucediera, pero nada, simplemente los ojos estaban ahí, tan quietos como yo, pero listos para saltarme encima, quizás. Aún así no abandoné la idea de salir corriendo, aunque la cambié un poco para salir lentamente, sin alterarlos. Continué dando ligeros pasitos hacia atrás, y noté que conforme lo hacía los ojos de los gatos crecían, acercándose. No me detuve hasta que mi pie chocó contra otra cosa, otro gato, pensé. Pero cuando volteé y miré vi, con horror y casi cayendo de espaldas por el impacto, un par de ojos ensangrentados que me miraban fijamente, como si pudieran verme. Era in muchacho de unos veinte años, sus ojos estaban tan abiertos como los míos, como si ambos nos sintiéramos sorprendidos de haberse topado con el otro. El rostro del joven estaba carcomido, algunas zonas de sus mejillas ya no tenían piel, y su rostro crispado denotaba el terror y dolor que debió sentir antes de morir. Me giré tan rápido como pude y vi que de las sombras ya salían el resto de los gatos, algunos eran grandes, otro pequeños, pero todos caminaban seguros y jactanciosos hacia mí, mirándome fijamente. Algunos tenían el hocico ensangrentado y tiras de pellejos colgaban de sus colmillos, entonces vi que uno de ellos cargaba en su hocico un dedo, y otro uno más, hasta formar la mano completa. Sus patas dejaban huellas de sangre con cada paso que daban, y caminaban tan lenta y calculadoramente que hacía pensar que jugaban conmigo. Entonces afirmé el cuchillo, di un gran salto hacia la puerta y, sabiendo que vendrían detrás de mí, corrí tan rápido como pude, soltando golpes y cuchillazos al aire, por si conseguía dar a alguno. Tropecé al momento de que uno de los gatos se coló entre mis pies, cayendo pesadamente al suelo. En ese momento creí que todo ya estaba perdido, estaba vulnerable en el suelo ante cientos de gatos. Comenzó a sentir sus filosas garras rasguñando y penetrando mi piel, yo me cubría con los brazos el rostro y trataba de encontrar el cuchillo, que se me había caído el momento del tropiezo. Aparté un brazo de mi rostro y lo estiré para buscar el cuchillo, pero no lo encontré, entonces comprendí que todo dependía de mi propia fuerza e inteligencia pues, al fin y al cabo, no eran más que animales. Solté una gran patada y pude sentir que topó con algo, entonces continué haciéndolo, soltando patadas y golpes de arriba abajo, sin fijarme a qué le acertaba. El poco rato pude ponerme en pie, agitado miré a mí alrededor y vi a los gatos mirándome fijamente, como si se sintieran sorprendido por mi repentina defensa. Entonces, sin pensarlo dos veces, salí corriendo de ahí, sin cometer el error de mirar atrás.

Francamente no recuerdo cómo fue que todo transcurrió después, sólo me vi dando grandes saltos por las habitaciones que crucé y luego, olvidando toda prudencia previa, bajé la escalera de caracol tan rápido que en dos ocasiones estuve a punto caer hasta el fondo. Salí de por fin de la casa, cerrando la reja, y sólo volteé cuando ya estuve afuera, mirando agitado y con los brazos y algunas partes del rostro todas rasguñadas. El interior de la casa de angora (como comencé a llamarla después), estaba oscuro, y ocasionalmente unos ojillos se prendían como pequeñas luces y me miraban fijamente, entonces comencé a correr de nuevo, ya sin importarme el ruido que pudiera hacer, y entré en mi casa, aún temblando, me dirigí al baño, donde curé algunas de mis heridas, sólo las más profundas, y pasé el resto de la noche postrado en la ventana de mi casa que daba a la calle, justo hacia el parque, observando que nada saliera de aquella vieja casa abandonada.

A fin de cuentas, creo que no es necesario decir que jamás le dije a nadie de lo que sucedió aquella noche, ni siquiera conté mi historia al círculo de amigos, y todos los días a partir de aquel y hasta que viví en aquel barrio no dejaba de pensar en la vieja casa de angora, aún sintiendo escalofríos cuando pasaba junto a ella y mi madre la miraba soñadoramente, al tiempo que a mi me observaban cientos de ojillos amarillos que se prendían desde la oscuridad de las escaleras de la entrada o desde las ventanas, como incitándome a volver a entrar.

Recordaba aquél parque como algo enorme, aunque no lo fuera tanto (eso lo descubrí en mis visitas más recientes), pues cuando niño me parecía tan grande como los árboles a los que solía trepar. A mis diez años vivía con mi familia en un viejo barrio citadino, de esos en los que todos se conocen, llenos de tradiciones y sus propias leyendas. Todos los niños solíamos juntarnos en las noches, mientras los grandes iban a fiestas u otros lugares y alguna que otra pareja se sentaban por allí. A la luz de una luna oscurecida que nos coronaba a todos contábamos historias de cosas que sucedían en aquel lugar; de monstruos, de fantasmas, asesinatos, cualquier cosa que nuestras jóvenes mentes imaginaran era motivo de un cuento. Los que encabezábamos las veladas éramos los más grandes; M. V. y por supuesto yo. Los demás eran pequeños e ideales para probar nuestras historias, asustándolos hasta tal punto que sus madres les prohibían ir a la noche siguiente, pero siempre se las arreglaban, de alguna manera, para escapar.

M era una especia de maestro, todos los niños opinaban que era el que contaba las historias más fantásticas y aterradoras. Pero yo no tenía la misma opinión, ya desde esa edad opinaba que sus historias eran más fantasiosas que aterradoras, siempre había monstruos que aparecían de la nada, animales extraños que aterraban a sus personajes pero que no lograban convencerme. A mi me gustaban más las historias que contaba V. que eran más realistas y más aterradoras. Yo, por mi parte, siempre me caractericé por ser el chico que alguna vez contó la historia que asustó a todos, incluso a los grandes, pero que jamás pudo superarse a sí mismo. Aquello me frustraba, pues realmente pasaba horas y días planeando mis historias, pero aquella, de la cual ahora sólo recuerdo la anécdota, fue tan convincente y aterradora que me llevó a la cima tan rápido que el golpe de caída fue como la sacudida en un sueño.

Todas las noches comenzaba M. tenía un extraño ritual para antes de comenzar a contar; primero hacía que todos nos sentáramos en un pequeño círculo, llevaba una linterna de su casa, la cual utilizaba, como ya era una tradición, para iluminarse el rostro desde abajo. Nos miraba a todos fijamente, como estudiándonos, en momentos se detenía en los ojos de uno de los más pequeños y le miraba sin parpadear hasta que hacía que el niño desviara la vista. Si algo había que reconocerle, era su maestría a la hora de contar una de sus historias, y, aunque en momentos incluso a mi llegaba a mantenerme con un expectante suspenso mientras las contaba, debo decir que sus finales siempre me decepcionaron, eran como si se los inventara en ese momento.

Una vez comenzada la historia había que ponerle atención, pues M. no soportaba, mientras contaba su historia, descubrir un par de ojos que no estuvieran atentos; se levantaba de un salto y armaba un alboroto, regresaba a su casa y sólo volvía a salir después de varios minutos de un ruego constante por parte de los más pequeños, que incluso ofrecían encerrar al causante de su enojo.

Terminada su historia continuaba la de V. que siempre nos sorprendía con algo nuevo y fresco, todo lo contrario a M. que a mi me parecía que había contado la misma historia todos los días, pero nadie se había dado cuenta de ello.

Algo que me gustaba de V. era que todas sus historias giraban en torno a las leyendas del barrio, él investigaba con los adultos y se documentaba acerca de la historia de cada una de las casas del lugar. Los asesinatos de monjas en la vieja escuela que antaño había sido un convento, la vieja casa embrujada (pues todos los barrios tienen una vieja casa embrujada). El fantasma que decían solía aparecerse en el parque después de las doce de la noche. Todas esas habían pasado a formar parte de las historias de V.

En cuanto a mí, la gran historia que alguna vez conté y me valió el respeto que mis cofrades aún me tenían, giraba en alrededor a una vieja leyenda que existía desde principios del siglo. Mi casa era la más vieja de todo el barrio, era de esas casas antiguas, de altos techos y paredes húmedas. Tenía más cuartos de los que podíamos utilizar, y todos estaban unidos por escabrosos pasadizos semi-subterráneos. Pero aquello no formaba parte de la historia, sino simplemente de la imaginación de los arquitectos de antes. El hecho era que, en la azotea, existía un cuarto más, pequeña y de asbesto, era el cuarto de servicio (yo escuchaba que así lo llamaba mi madre, aunque yo me preguntaba a quién servía el dicho cuarto, pues no parecía servir para nada, ni siquiera para guardar viejas cosas). Ese cuarto era oscuro y solitario, siempre olía a humedad. Mis hermanos y yo teníamos un juego, consistía en ver quién era el más valiente y soportaba más tiempo solo en el cuarto (por lo regular ganaba mi hermano mayor, que indudablemente aprovechándose de su malicia para con sus pequeños hermanos se las arreglaba para aparentar pasar tiempo en el cuarto, cuando en realidad se brincaba por las azoteas hasta la casa de un amigo suyo y, sabiendo que ninguno de nosotros se atrevería a subir a verificar que siguiera allí, regresaba tan campante una o dos horas después. Naturalmente cuando lo descubrimos ya éramos más grandes, y sólo se limitó a reír a carcajadas mientras nosotros le lanzábamos cosas.

Pues bien, la historia que me hizo grande entre mis amigos me fue contada a mí por mi padre. En el viejo cuarto de servicio había un pequeño ventanal viejo de media luna, de vidrios rotos y pañosos pero que dejaban ver, no muy claramente, un enorme teatro abandonado que estaba en algún lugar en medio de toda la manzana, pues cuando me dediqué a buscarlo en la calle no pude dar con él. Desde nuestro cuarto podían verse hileras de desvencijados asientos rotos, suciedad, una que otra rata corriendo de aquí allá y, sobre el escenario, una enorme águila de madera que se posaba sobre una mampara y observaba al público amenazadoramente. Mi padre me contó que aquel teatro era donde las mujeres se ofrecen a los hombres por dinero (literalmente me lo dijo de ésta manera), yo al principio no comprendí a lo que se refería, pero no le di importancia. Dijo, también, que durante el funcionamiento del teatro se suscitaron allí innumerables asesinatos, las mujeres aparecían muertas cada vez que una quedaba embarazada, y todos los cuerpos eran enterrados bajo el entarimado del escenario. Esa era toda la historia, pero yo la tomé y la transformé de tal forma que se convirtió en la gran historia que ya señalé pero de la cual ahora no recuerdo cómo era exactamente.

Todo aquello era lo que acontecía en el viejo vecindario; las noches del parque eran para los niños y sus historias de fantasmas. Cada noche era una nueva competencia para M. V. y yo. Yo ya estaba harto de siempre quedar humillado y de que todos me miraran con sus ojos consoladores y hasta cierto punto de lástima, por lo que, una mañana, decidí darme a la tarea de crear la mejor historia que jamás pudiera un niño contar.

En el barrio, como ya dije, había leyendas, y una de ellas era sobre un viejo consultorio médico abandonado. El viejo casorio era grande como mi propia casa, incluso más, pues abarcaba una esquina completa del parque. Era de color azul pero deslavado por el abandono, la lluvia y el sol. La puerta de entrada era una reja de acero, y en el interior inmediato podía verse una alta escalera de caracol que serpenteaba hasta un segundo o incluso tercer piso. Antaño aquella casa había sido un consultorio, nadie recordaba de qué, incluso nadie recordaba haberlo conocido cuando funcionaba; eran pocos los adultos que lo recordaban, lo que daba a pensar que quizás llevara más de cincuenta o sesenta años abandonada. La casa era como un emblema del barrio, los niños solíamos arrojar cosas a la escalera o al techo, los grandes hablaban de haber entrado a beber cerveza, incluso los adultos sentían cierta afinidad por la vieja casa. Yo, en contadas ocasiones, sorprendía mi madre mirarla con cierta nostalgia cuando pasábamos por ella. Pero jamás a los niños se nos ocurrió contar una historia sobre la casa, siendo que era un material excelente para cualquier escritor.

Lo más que recuerdo en cuanto a expectación por la casa, de parte de nosotros, fue una vez que, en la noche, la policía tocó en todas las casas, preguntando a los padres si no habían escuchado algún ruido extraño o visto a alguien sospechoso merodear el parque. La explicación de la policía fue la siguiente; que un par de jóvenes robaron una tienda y, mientras les perseguían, les perdieron de vista, y creían que quizás se habían escondido en alguna casa. La respuesta de mi padre, en su turno, fue la de buscar en la vieja casa abandonada, la clínica vieja.

Al día siguiente no se supo qué sucedió, ni siquiera estábamos convencidos de que los policías hubieran entrado en la casa abandonada para buscar a los jóvenes. Pero eso no impidió que los niños comenzáramos a sacar conjeturas acerca de lo que les sucedió a aquellos muchachos, pero, a pesar del interés que mostramos durante unos días, de repente el interés se apagó como si nunca hubiera sucedido nada.

Aquél recuerdo llegó a mi mente una noche que, mientras yo permanecía recostado sobre mi cama, con ambos brazos sobre mi frente y los ojos abiertos, pensaba en una historia, sin tener mucho éxito. La casa abandonada llegó entonces como en un sueño, y la idea se metió en mi cabeza como golpe certero. Si quería regresar a la cima en la que alguna vez estuve tenía que entrar en la casa y descubrir qué había dentro. Era la decisión que había tomado, y si quería tener éxito debía mantenerla en secreto.

Al día siguiente desperté con la idea fresca en mi cabeza, incluso durante la noche soñé en cómo lo haría; esperaría la noche, después de nuestra reunión de siempre, después, incluso, de que todos se durmieran. Debía salir de mi casa, vestirme para la ocasión, llevar las cosas necesarias, entrar en la casa, dar un rápido vistazo y regresar a mi cama sin que nadie se diera cuenta.

Era sábado, y no había escuela, así que pasé todo el día verificando mi plan una y otra vez, buscando algún punto débil y reforzándolo. Cuando llegó la noche, y después de la ronda de historias (en la cual yo estuve presente pero ausente, pensando en lo que iba a hacer y en la magnífica historia que contaría la noche siguiente). Regresé a mi casa y, una vez que todos se habían dormido me levanté, me vestí en silencio, pues aunque contaba con un cuarto propio la acústica en la casa era inconvenientemente excelente. Coloqué cuidadosamente unas ropas bajo las cobijas de mi cama (un viejo truco del que nadie está seguro funcione), y salí de mi casa, cargando una linterna y un cuchillo de cocina por si había que defenderme de alguna rata.

Eran casi las dos de la madrugada, y aunque tenía sueño la adrenalina no me dejaba dormir. Crucé el parque cuidadosamente, todo estaba oscuro y silencioso, se podían escuchar los grillos que cantaban. Llegué por fin a la casa abandonada, y el primer obstáculo apareció, ¿cómo entrar?, en mi emoción y aparente seguridad olvidé ese detalle, pues naturalmente la puerta no iba a estar abierta. Pero para mi sorpresa lo estaba. Cuando me acerqué a buscar una forma de abrir descubrí que la reja estaba abierta, y un leve empujoncito bastó para abrirla de par en par. Me quedé pasmado en mi lugar cuando escuché el imprudente chillido que provoqué al abrir la puerta de esa manera, y al ver que nadie pareció escucharlo me decidí a entrar, cerrando la puerta detrás de mí, ahora con cuidado.

El interior estaba oscuro, demasiado oscuro. Encendí la linterna y alucé las viejas escaleras, las cuales se levantaban hasta perderse de vista entre la brumosidad de la oscuridad. En aquél momento mi corazón comenzó a latir, como si todo ese tiempo hubiera estado dormido. Pero ya había llegado hasta allí, así que decidí continuar. Puse un primer pie sobre el primer escalón y un leve chirrido me hizo quitarlo de inmediato, la escalera parecía firme, pero esa forma de rechinar no me agradaba. Decidí subir lentamente, aunque me tardara una hora en hacerlo, pero las precauciones no estaban de más. La escalera se bamboleaba levemente de un lado a otro mientras yo apoyaba mi peso en ella, y cuando por fin llegué al final me encontré en una habitación pequeña que tenía unos cuantos muebles viejos y polvozos; algunas sillas y un viejo escritorio, era una sala de espera, o al menos eso parecía. Las paredes estaban cubiertas de un sucio sarro amarillento, y pedazos del techo caían en forma de un fino polvo cada que yo daba un paso. El silencio era inquietante, y el hecho de escuchar mi propia respiración me ponía más nervioso que tranquilo. Atravesé esa habitación y entre en una más grande y espaciosa. Ésta tenía instrumental médico muy viejo, frascos de medicinas regadas por el piso y otras más dentro de viejos estantes de madera. El lugar olía a humedad y polvo, y un leve olorcillo como a podredumbre emanaba de algún lugar dentro de la casa (yo pensé en una rata muerta).

Al cruzar hacía una nueva habitación me encontré con unas paredes rotas y abolladas. Me inquietó el hecho de encontrar marcas como de garras en el piso y en las paredes, así como algunas manchas de sangre que no parecía muy vieja. Pero aún así continué caminando, imprudentemente necesitado.

Mientras me movía podía escuchar nuevos sonidos que antes no me acompañaban; eran como pasos, pasos ligeros y casi imperceptibles. Luego algunas sombras comenzaron a aparecer por doquier, moviéndose con presteza por el suelo, dando saltos y escondiéndose en resquicios de las paredes. Quizás todo aquello no era más que mi mente infantil que retorcía un tanto las cosas por el miedo que sentía, pero el caso es que jamás en mi vida sentí tanto miedo como aquella vez, y mucho más cuando me di cuenta de que nada tenía que ver con mi imaginación.

De nuevo pasé de habitación y salí en otra que gozaba de un tragaluz en el techo y un enorme vitral antiguo que representaba a cristo con un corazón sangrante en sus manos. Apagué la linterna, pues los rayos de la luna se metían por los trozos descubiertos del vitral y por el tragaluz, iluminando todo en un desquiciante tono azuloso brumoso. Me encontraba en medio del tragaluz, iluminado por la luna, observando a mi alrededor, el vitral religioso no me tranquilizaba en lo mínimo, y un enorme charco de sangre seca que había junto a unas pilas de diarios viejísimos ayudó a que mis nervios se alteraran.

Yo no podía pensar en otra cosa más que en salir de ahí, tomé el cuchillo que llevé de mi casa con mi temblosa mano y me sorprendió el hecho de no dejarlo caer cuando vi, en la oscuridad que estaba pegada a las paredes, un pequeño circulo amarillento, luego noté que se trataba de un ojo que me miraban fijamente. Trastabillé un poco cuando lo vi, dando unos ligeros pasos hacia atrás, quizás demasiado nervioso, pues mi corazón dejó de latir tan rápido cuando de entre aquellas sombras saltó el dueño de aquel centelleante ojillo; era un gato, un gato de angora, blanco y de pelaje lustroso y esponjado, el cual tenía un ojo cerrado por una herida. El animal comenzó a moverse por la habitación como hacen los gatos, altaneramente, meneando la cola y la cabeza al mismo tiempo y sin despegar su ojo de los míos. Debí salir en ese momento, pero algo hizo que me quedara un momento más. El gato se dirigió hacia donde la sangre seca formaba una extraña figura en el suelo, y comenzó a lamerla, sacando su puntiaguda lengua por entre su hocico, provocando un chasquido singular. Aquello fue lo que me hizo despertar de una especie de letargo en el que estaba sumido, caminé hacia atrás cautelosamente, como si pensara que el animal me saltaría encima si me atrevía a correr. Pero entonces estuve a punto de tropezar, giré rápidamente y vi cómo corría, entre mis pies un segundo gato, idéntico al primero, el cual levantó la cabeza y me miró, y cuando lo hizo gruñó, mostrándome sus filosos colmillos.

Ya no me importaba nada y estaba presto a salir corriendo, pero entonces escuché una terrible respiración asmática, como enferma, y me di cuenta que era observado por decenas, o cientos de ojillos amarillos desde toda la oscuridad que me rodeaba. Me quedé quieto sin moverme, esperando a que algo sucediera, pero nada, simplemente los ojos estaban ahí, tan quietos como yo, pero listos para saltarme encima, quizás. Aún así no abandoné la idea de salir corriendo, aunque la cambié un poco para salir lentamente, sin alterarlos. Continué dando ligeros pasitos hacia atrás, y noté que conforme lo hacía los ojos de los gatos crecían, acercándose. No me detuve hasta que mi pie chocó contra otra cosa, otro gato, pensé. Pero cuando volteé y miré vi, con horror y casi cayendo de espaldas por el impacto, un par de ojos ensangrentados que me miraban fijamente, como si pudieran verme. Era in muchacho de unos veinte años, sus ojos estaban tan abiertos como los míos, como si ambos nos sintiéramos sorprendidos de haberse topado con el otro. El rostro del joven estaba carcomido, algunas zonas de sus mejillas ya no tenían piel, y su rostro crispado denotaba el terror y dolor que debió sentir antes de morir. Me giré tan rápido como pude y vi que de las sombras ya salían el resto de los gatos, algunos eran grandes, otro pequeños, pero todos caminaban seguros y jactanciosos hacia mí, mirándome fijamente. Algunos tenían el hocico ensangrentado y tiras de pellejos colgaban de sus colmillos, entonces vi que uno de ellos cargaba en su hocico un dedo, y otro uno más, hasta formar la mano completa. Sus patas dejaban huellas de sangre con cada paso que daban, y caminaban tan lenta y calculadoramente que hacía pensar que jugaban conmigo. Entonces afirmé el cuchillo, di un gran salto hacia la puerta y, sabiendo que vendrían detrás de mí, corrí tan rápido como pude, soltando golpes y cuchillazos al aire, por si conseguía dar a alguno. Tropecé al momento de que uno de los gatos se coló entre mis pies, cayendo pesadamente al suelo. En ese momento creí que todo ya estaba perdido, estaba vulnerable en el suelo ante cientos de gatos. Comenzó a sentir sus filosas garras rasguñando y penetrando mi piel, yo me cubría con los brazos el rostro y trataba de encontrar el cuchillo, que se me había caído el momento del tropiezo. Aparté un brazo de mi rostro y lo estiré para buscar el cuchillo, pero no lo encontré, entonces comprendí que todo dependía de mi propia fuerza e inteligencia pues, al fin y al cabo, no eran más que animales. Solté una gran patada y pude sentir que topó con algo, entonces continué haciéndolo, soltando patadas y golpes de arriba abajo, sin fijarme a qué le acertaba. El poco rato pude ponerme en pie, agitado miré a mí alrededor y vi a los gatos mirándome fijamente, como si se sintieran sorprendido por mi repentina defensa. Entonces, sin pensarlo dos veces, salí corriendo de ahí, sin cometer el error de mirar atrás.

Francamente no recuerdo cómo fue que todo transcurrió después, sólo me vi dando grandes saltos por las habitaciones que crucé y luego, olvidando toda prudencia previa, bajé la escalera de caracol tan rápido que en dos ocasiones estuve a punto caer hasta el fondo. Salí de por fin de la casa, cerrando la reja, y sólo volteé cuando ya estuve afuera, mirando agitado y con los brazos y algunas partes del rostro todas rasguñadas. El interior de la casa de angora (como comencé a llamarla después), estaba oscuro, y ocasionalmente unos ojillos se prendían como pequeñas luces y me miraban fijamente, entonces comencé a correr de nuevo, ya sin importarme el ruido que pudiera hacer, y entré en mi casa, aún temblando, me dirigí al baño, donde curé algunas de mis heridas, sólo las más profundas, y pasé el resto de la noche postrado en la ventana de mi casa que daba a la calle, justo hacia el parque, observando que nada saliera de aquella vieja casa abandonada.

A fin de cuentas, creo que no es necesario decir que jamás le dije a nadie de lo que sucedió aquella noche, ni siquiera conté mi historia al círculo de amigos, y todos los días a partir de aquel y hasta que viví en aquel barrio no dejaba de pensar en la vieja casa de angora, aún sintiendo escalofríos cuando pasaba junto a ella y mi madre la miraba soñadoramente, al tiempo que a mi me observaban cientos de ojillos amarillos que se prendían desde la oscuridad de las escaleras de la entrada o desde las ventanas, como incitándome a volver a entrar.



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Guadalajara, Jalisco, México

Nací en México y espero morir aquí muchos años después de haber viajado por el mundo.

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