Ossip Valavieri

"No existe nada bueno ni malo, es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así" William Shakespeare

Enero, 2007

3.1.2007 GMT

Bienvenido a la raza humana

Cierto es, y aunque me pese aceptarlo, que disfruto mucho siendo humano. Cuando veo las cosas que ahora puedo hacer, no puedo evitar sentirme un poco molesto conmigo mismo por haber tardado tanto en evolucionar. Y como mi pasado simiesco está todavía relativamente cercano a mi actual condición de humano, esas nuevas cosas son aún más apreciables de lo que pudieran ser para un simple humano que nació siendo uno.

Me parece, además, sorprendente la manera tan sencilla en que me deslindé de mis gustos pasados. Antes disfrutaba de correr desnudo por la selva. Gustaba de columpiarme de altos árboles y comer bananas todo el tiempo, y ahora me sorprendo a mí mismo comiendo sentado a una mesa, usando cubiertos y servilletas, vistiendo un elegante traje satinado y zapatos lustrados. Compartiendo la mesa con distinguidos seres humanos que, si es que alguno no careciera de la imaginación que, lamentablemente, carece la aristocracia, pudieran imaginar que su anfitrión antes no era más que el mismo gracioso mico que se columpiaba gustosamente de una rama delgada, pendiendo de su cola, mostrando los dientes hasta las encías y arrojando sus desechos a los buenos humanos que iban a visitarlo de vez en cuando.

En mis años de simio, no hacía más que comer, dormir, y reproducirme con alguna simpática monita que anduviera por ahí, y cual fue mi sorpresa al entrar a la vida de los humanos cuando me di cuenta de que aquí hacemos exactamente lo mismo, todo el tiempo, con la única diferencia de que los humanos lo hacemos vestidos y tenemos odiosos trabajos que nos obligan a comprar cosas para vivir. En la selva disfrutaba de tumbarme sobre alguna roca, en la orilla de algún riachuelo, a tomar el sol por muchas horas. Ahora no hago más que tumbarme en un cómodo sofá, junto a la chimenea, a tomar una copa de brandy (sólo dios sabe cuánto puede gustarle el brandy a un simio), y así pasar el resto de la tarde... claro, mientras no lleguen invitados que requieran mi atención.

Por invitados me refiero a innumerables amigos que fui cosechando a lo largo de mi vida; tanto de simio, como de humano, porque he de decir que no siempre viví en la selva siendo un simio. Eso es fácil de suponer, pues ¿de qué otra forma habría adquirido las costumbres de la raza humana si no aquí, con los humanos?

Lo que más recuerdo de aquella vida pasada es a mi comuna (no sé si esté permitido llamarla de ésta manera). Jugábamos todo el día, y cuando no jugábamos disfrutábamos de los recursos de la selva, siempre y cuando no anduviera por ahí algún depredador que quisiera hincarle el diente a algún camarada. Esta última palabra es graciosa. En mi vida de simio jamás la usé, (vaya, ni siquiera podía hablar), pero ahora me he dado cuenta que los humanos la usan para todo, incluso para referirse a aquellas personas que no son de su total agrado… Pareciera ser alguna especie de educación o hipocresía bienintencionada. Nosotros, los simios (lamento no poder aún dejar de contarme entre ellos, pero una incómoda y poco estética sección de pelaje que aún tengo en ciertas partes del cuerpo me lo impide totalmente), no conocíamos la palabra amistad. No es extraño que se nos viera por ahí en grupos, pero eso es solamente porque entre muchos podíamos escabullirnos mejor de los depredadores, y no por un lazo más fuerte como lo puede ser la amistad. En nuestra naturaleza tampoco existe el amor (esa es otra de las cosas que me fascinaron de los humanos), ya que nosotros podíamos nacer de una madre y al siguiente instante abandonarla y correr por nuestra suerte, y pareciera ser que los humanos no pueden romper ese lazo tan fácil. Incluso he conocido a algunos, ya bastante viejos, que aún necesitan del permiso de la madre para rascarse los genitales.

En cuestiones más mundanas, por así llamarlas (y solamente porque en mi educación siempre me inculcaron éste adjetivo para referirme al sexo), me he dado cuenta que simios y humanos no diferimos mucho. Si algo caracteriza a los mamíferos, incluso a algunas aves y reptiles, es nuestra insaciable disponibilidad para procrear. En la selva teníamos un dicho; el sexo es para divertirse. No era propiamente un dicho, pues todo mundo sabe que los simios no hablan, y por consiguiente es lógico que no puedan tener dichos. Pero ahora, como humano, recuerdo aquellas tardes en las que todos corríamos por ahí, persiguiendo a las monitas, y me doy cuenta de lo verdaderamente divertido que era. Aquí, con los humanos, me he dado cuenta (muy para pesar mío), que este asunto es un poco más delicado. Los hombres (que para los simios vendrían siendo los machos), siempre están dispuestos a divertirse, pero las mujeres (hembras), no. Es una cuestión un tanto confusa, pues sé de personas que lo disfrutan aunque no quieran aceptarlo. Además, ¿no dice la Biblia (así es, también la he estudiado), que estamos aquí para reproducirnos?

Esto de la fe es algo nuevo para mí también. No recuerdo, en mi pasada vida de mono, que hubiera algún superior al cual debíamos todo. Eso lo aprendí aquí. En ese entonces éramos libres… torpes, pero libres. Ahora me he dado cuenta que las iglesias son como grandes parques de diversiones. Yo iba por horas, a sentarme a escuchar hablar a un viejo simio que debió salir de la misma selva que yo sobre lo muy despreciables que somos todos, luego solía preguntar a mi maestro acerca de todas las cosas que decía aquel viejo, pero él sólo me daba largas y nunca explicaba bien. Eso me llevó a un estudio más profundo del tema (tuve que hacerlo, pues si estoy obligado a venerar a alguien, quiero saber las razones).

Esto último provocó que mi maestro se molestara conmigo. Digo, ya en otras ocasiones lo había hecho. Como en aquella en la que yo, empeñado en comer la merienda a gritos y saltos, tuve un impulso de naturaleza salvaje y salté sobre la mesa (lamentablemente muy bien servida), y lo destrocé todo. Pero en esa ocasión mi maestro me gritó, dijo que hay cosas que los humanos no deben comprender y sólo aceptar, y que yo, siendo un simple mono, menos tenía derecho a cuestionar. No debo decir lo mucho que me afectó aquello. Yo, que para ese entonces ya pensaba que merecía al menos el nombre de semihumano, pues mi vocabulario ya contaba con más de doscientas palabras (y muchos sabemos que muchos humanos en su vida utilizan doscientas palabras distintas), además de que rápidamente había logrado dominar instrumentos de uso estrictamente humano, como bolígrafos y peladores que hicieron realmente más sencilla mi alimentación. Mis pulgares, poco a poco, habían tomando la forma y posición requerida en cualquier humano que se respete, y había dejado el feo hábito de usar mi cola para cualquier tarea. Todo eso era motivo de orgullo para mí, que caminaba junto a mi maestro con la frente muy erguida (pues una vez leí en un libro que las personas que se sienten orgullosas lo hacen así), sacando el pecho en la actitud más arrogante que me permitiera tener. Por eso, cuando mi maestro se refirió a mí como “un simple mono”, todo ese orgullo se fue a mis pies, y creo que llegue a pisotearlo sin querer. Duré encerrado en mi habitación por días enteros, y lo único que quería era devorar (no literalmente, gracias a la educación había abandonado esa fue costumbre de comer todo el papel que me pusieran enfrente), libros, hasta que pudiera ser digno de ser llamado humano, o al menos semihumano.

Tan sólo pasaron unos cuantos días antes de que mi maestro me buscara y me explicara realmente la situación. Resulta que yo, con mi pequeño cerebro de simio (pues aún no era del tamaño del de un humano normal), había confundido todo, y lo que mi maestro dijo fue que yo no debía hacer preguntas sobre el tema, porque si quería ser un humano respetado, debía de acatar las reglas. No es necesario decir que acepté esto al instante, pues en mi ávida prisa por convertirme en humano, estaba dispuesto a olvidar incluso mi dignidad. Debo decir también que en ese momento la palabra dignidad no era una de las doscientas que conocía.

Luego de aquel incidente, y con mi nueva actitud sumisa y para nada renegada, todo no fue más que satisfacciones; tanto para mí como para mi maestro, que incluso en una ocasión llegó a soltar un cumplido del tipo; bien hecho, Adán (ese era el nombre humano que mi maestro me dio, pues él solía decir que yo era su primer hombre), o excelentes modales, Adán. No pasó, entonces, mucho tiempo antes de que se me permitiera compartir la mesa con otros humanos que no fueran mi maestro o su exquisita esposa, la cual siempre estaba dispuesta a acariciarme la cabeza como si yo fuera un noble can, aunque eso significara una reprimenda de su marido, pues él le pedía que recordara que yo era un prospecto a futuro humano, y que ella no podía ir por ahí acariciando las cabezas de otros hombres, y que un caballero como yo no podía dejarse acariciar la cabeza por cualquier mujer curiosa.

Los primeros que me conocieron en mi estado de simio semi-inteligente, fueron unos simpáticos señores de alguna universidad importante. Desde que cruzaron la puerta, y yo fui requerido por mi maestro para recibir sus abrigos, ellos se mostraron sorprendidos y amables. Uno de ellos incluso extendió su mano y me la ofreció en cordial saludo. Yo, nervioso al principio, la tomé tímidamente y la moví ligeramente de arriba abajo, apretando un poco. Esto dejó satisfecho al elegante señor, que soltó una carcajada y elogió a mi maestro con palabras que yo, lamentablemente, en ese momento aún no conocía, y que ahora ya no recuerdo.

La cena, por demás, fue un éxito. Yo me comporté como todo un caballero (como me lo dijo luego la esposa de mi maestro). Hice explaye de mis modales, utilicé la servilleta y los cubiertos, y hasta tuve el gusto de poder sostener una conversación algo prolongada con el fino caballero que me hubo saludado antes, mientras el otro se dedicaba a reír airadamente de mis ocurrencias (como él mismo dijo). Vaya que yo ni imaginaba que era ocurrente. Luego de esa cena, hubo más invitados, y todos quedaban fascinados con mi exótica presencia y exquisita soltura al momento de hablar, tanto que, en poco tiempo, la voz se había corrido por toda la alta sociedad de la ciudad, y, sin temor a presumir, pronto fueron filas y filas de gente que lo único que querían era conocerme, estrechar mi mano e incluso escuchar algún chiste de su servidor.

Esto no agradaba mucho a mi maestro, que solía decir que yo no era una atracción de circo y él un vulgar domador de bestias. Pero luego de un tiempo las molestias fueron diminuyendo, a tal grado que, luego de unos meses, mi presencia ya no era tan requerida por la alcurnia del país, como pasa siempre, supongo, que alguien de abajo se pone repentinamente de moda entre los de arriba. Eso nos permitió a mí y a mi maestro a seguir con mi evolución. Aún faltaba mucho que aprender, en ese entonces no sabía aún apreciar la buena música. Mi maestro podía poner una pieza de cámara seguida de un “vulgar jazz de tugurio”, como solía llamarlo él, y yo no captaba diferencia. Mucho trabajo hubo antes de que yo comprendiera la diferencia entre Hyden y Morton, aunque a mi no me desagradaba tanto éste último. Luego de la música estaban las artes visuales, como la pintura y el cine. Pasábamos horas en la biblioteca de mi maestro viendo fotografías en viejos volúmenes finamente encuadernados de obras de Goya y Rembrandt. Mi maestro me hablaba de los colores, de las formas, de la luz y de tantas cosas que en ese entonces me eran incomprensibles, pero él tenía una gran paciencia para conmigo.

Además de las artes estudiamos historia. Francamente nunca imaginé que los humanos tuvieran tanta historia, lamento decir que en la selva pensábamos que habían brotado de algún hongo venenoso en la tierra.

Estudiamos a los primeros hombres, y fue allí cuando me di cuenta de que realmente estaba en mi destino, (y en el de todos los monos), evolucionar hasta llegar a ser humanos. También vimos las guerras, incontables guerras, desde aquellas que eran con metal, hasta en las que se usaban armas que disparaban pólvora. Aprendí sobre religión, sobre política. Conocí a los comunistas, a los capitalistas y a los obreros. Aprendí que el éxito de un imperio radica en cuan ancha sea la brecha entre la clase alta y la clase baja, estando por en medio a esos que llaman pequeños burgueses. También aprendí que las guerras, sea cual sea el motivo, tienen un único fin, territorio. Y sobre todo, aprendí que no todos los humanos son iguales, pues mientras que en unos países parecen gozar de relativa salud, había otros en los que la gente lucía enferma y hambrienta.

Años después por fin habíamos llegado a la meta (disculpen si ésta analogía es un tanto común, pero no encontré otra mejor para decir lo que pretendía). Yo ya era todo un caballero. Había mudado casi todo mi pelaje, y ahora tenía un espléndido color bronceado. Mies pies se habían achicado y ya me entraban los zapatos, mis brazos ya no eran tan largos y ya no colgaban como inútiles extensiones de mi cuerpo. Y lo más importante, mi cola había desaparecido por completo. Creo que el hecho de haber dejado de usarla para tomar las cosas o columpiarme de los árboles la hizo sentirse abandonada. Y ahora tenía una postura erguida y segura. Mi presentación en sociedad, por así decirlo, fue todo un acontecimiento. Fui presentado como el sobrino de mi maestro, y nadie notó nunca los pequeños indicios de mi pasado salvaje, y pude desenvolverme como uno más de ellos.

Ahora, debo decir que me siento realizado en lo personal. La evolución nunca fue tan bien recibida (ni tan pronto), por alguien. Pero si algo es cierto, es que los humanos, así como los simios, podemos adaptarnos a la vida del otro tan fácilmente como yo lo he hecho, pues hay que recordar que no somos más que animales, simples animales. Me parece que era ayer cuando corría por la selva, inconsciente de mí mismo, viviendo simplemente por hacerlo. Pero ahora tengo un propósito, quizás escriba un libro o pinte un cuadro… puede que hasta componga una ópera.



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Guadalajara, Jalisco, México

Nací en México y espero morir aquí muchos años después de haber viajado por el mundo.

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