Ossip Valavieri

"No existe nada bueno ni malo, es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así" William Shakespeare

Diciembre, 2006

7.12.2006 GMT

Conversación con un cadáver

A mi padre

No era un secreto el que mi padre estuviera muerto… y no tenía por qué serlo. Los demás se burlaban de mí, y eso no me molestaba, el problema era que mi padre, a pesar de saberse muerto, se empeñaba en acompañarme a todas partes en forma de un putrefacto cadáver tambaleante.

No tenía más que mirar sobre mi hombro para verle ahí, detrás, esforzándose por mantenerse en pie, mirándome con esos ojos carcomidos por los gusanos (y hasta en ocasiones podía ver a uno, saliendo de su escondite, asomando por un cacho de piel grisácea su cuerpecito blanco, el cual comenzaba a arrastrarse viscosamente por todo el rostro de mi progenitor, el cual, al darse cuenta, sacaba su negruzca lengua y se lo engullía de un bocado, como avergonzado de que su hijo le viera ser comido por gusanos). No tengo que decir, tampoco, que eso ahuyentaba a las personas, las cuales salían corriendo cuando yo les decía; “Ah, por cierto, el cadáver es mi padre”.

Durante todo ese tiempo mi padre y yo pasamos realmente buenos momentos, conversábamos mucho. Una vez hasta me dejó bajar a su tumba; había hecho unas escalerillas de tierra (un poco sueltas, pero seguras), por las cuales se podía bajar hasta la vieja fosa familiar, donde descansaba ya mi madre y un par de abuelos desconocidos por mi, además de algún tío o pariente lejano, pero nunca vi a ninguno de ellos. Cuando le preguntaba a mi padre el porqué nadie más salía a conversar, él siempre me contestaba con la misma respuesta:

- Los vivos tiene su lugar, así como los muertos, y por más que uno quiera no debe mezclarlos.

Entonces yo le preguntaba por qué él había vuelto para acompañarme siempre, y mi padre, meneando su cabeza, de forma que sus ojos bailoteaban dentro de sus cuencas, como si fueran un par de canicas en un pozo, me decía, serio.

- Porque así lo he querido, hijo.

No es que me molestara la presencia de mi padre (si tan sólo no oliera tan mal y no atrajera a los gatos), pero con el tiempo comenzó a incomodarme el hecho de que mi padre se rehusara a aceptar la verdad. Él lo sabía, no era tonto, pero parecía tener un apego a la vida mundana que, el haber conocido ya los misterios de la vida después de la muerte no había desaparecido. Por lo tanto él seguía aquí, viviendo como si estuviera vivo. Se le podía ver por las calles, cuando no estaba conmigo, caminando de aquella peculiar forma; siempre arrastrando los pies, como si en cualquier momento fueran a desprendérsele las piernas y dejarle tirado en media banqueta, valiéndose sólo de sus manos para avanzar. En otras ocasiones se divertía escondiéndose en los callejones, acechaba a un pobre incauto, y entonces salía haciendo muecas y agitando los brazos como poseído. Los pobres daban saltos de terror, y mi padre y yo reíamos hasta que el estómago nos doliera. O simplemente nos tirábamos al pasto, y observábamos las estrellas o las nubes moverse graciosamente por el cielo. Cuando niño, mi padre me enseñó a encontrar figuras en las nubes; duendes, hadas, personas, animales… nubes de formas más extrañas. Mi padre era un buen hombre, siempre se preocupaba por su familia, y nunca anteponía algo a ella, tal vez, por eso era que no me había abandonado del todo, y seguía aquí conmigo.

Una noche, mientras caminábamos por las solitarias calles, mi padre dijo algo que me puso a pensar.

- Sabes hijo – me dijo, con su rasposa voz de muerto -. Estos últimos meses han sido los mejores de mí… vida.

- Yo también los he disfrutado, padre – le contesté, comenzando a tallar mis brazos, pues siempre que hablaba con mi padre los brazos me hormigueaban.

Mi padre se llevó una mano a la frente, la cual secó (por costumbre, pues es bien sabido que los muertos no sudan). Giró la cabeza, la cual ya podía hacerlo en distintas direcciones y de formas cada vez más inquietantes, fijó sus brumosos ojos blancos en mí, lo cual me estremeció.

- Creo que ya es hora de irme, hijo – su voz sonó algo distinta esa vez.

- Ya es tarde – dije yo, mirando la hora en mi muñeca -. Mañana tenemos cosas que hacer.

Pero mi padre se detuvo, aquella noche no parecía querer caminar más. Yo me di vuelta y miré detenidamente cómo un gusanillo salía de su nariz, se detenía un momento, y luego corría presuroso hasta esconderse en su oído, como si hubiera estado largo rato vigilando y al momento de salir al verse sorprendido por mi, no le quedó más que correr.

- No entiendes hijo – continuó mi padre, serio -. Es hora de que me vaya… para siempre.

Ahora supe a qué se refería. Bajé la cabeza, triste, pues aunque la primera vez que se fue había sido doloroso, ésta segunda vez lo sería más, pues había estado tan unido a mi padre en esos meses que estaba dispuesto a aguantarlo hasta que fuera un flacucho esqueleto deslucido.

- Estuve aquí todo este tiempo porque estaba preocupado por ti – me dijo mi padre, rodeándome con su carcomido brazo -. Pero he visto que no era necesario, te crié bien, estoy orgulloso de ti, y ahora se que debo irme, pues si no, sólo te haré más daño. Sé que la gente se burla de ti por mi culpa, que doy asco…

- No me interesa que eso pase – le dije, sintiéndome mal conmigo mismo por haberlo pensado así antes -. Tú puedes quedarte el tiempo que quieras.

Mi padre meneó su tambaleante cabeza y, si los cadáveres pudieran llorar, estoy seguro de que mi padre, en ese momento, hubiera dejado salir un par de lágrimas de esas cuencas marcadas.

- Te lo agradezco, hijo – continuó -, pero no, ya es hora. Sé que estarás bien, ahora debo confiar en ti y regresar a donde pertenezco, al oscuro lugar lleno de tierra y mal olor.

Después de esto, mi padre no dijo más nada, se dio vuelta y levantó la vista. Durante un segundo o dos se quedó observando la luna, como abstraído por ella. Yo me acerqué a su espalda y lo rodee con mi brazo. Caminamos juntos el último tramo de calle hasta el panteón, donde mi padre fue agradablemente acogido por otros cadáveres que disfrutaban de salir por las noches y dar un paseo a la luz de la titilante luna. Y así, entre conversaciones, festejos, risas y bromas, mi padre se alejó para siempre de mi, en dirección al lugar que se supone van los vivos cuando dejan de serlo.



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1.12.2006 GMT

Un triste final para Susan*

El letrero, elegante, grande y de finas letras negras era una cordial invitación a entrar. La sala era grande, y unas cuantas personas ya esperaban ahí, tamborileando los dedos en sus rodillas, leyendo desenfadados alguna revista o diario viejo (ahora que todos estos lugares se invaden de revistas y diarios viejos), o simplemente mirando con ansias la pequeña puertecita que de vez en vez se abría, salía una mujer de bata blanca que, con una tabla en las manos (alguna especie de fichero, quizás), iba llamando uno a uno a los solicitantes. Entonces el aludido se ponía de pie, fuera hombre o mujer, y entraba en la pequeña puerta, de la cual no volvía a salir.

Era extraño pensar que un lugar así fuera tan visitado, uno pensaría que esas personas acostumbrarían hacerlo en sus casas, o en algún lugar escondido, donde no se vieran invadidos por miradas morbosas y algo pudiera hacerles redimir sus culpas de otras maneras. Pero el caso es que, la clínica (porque así se hacía llamar dicho lugar), era siempre visitada por decenas de personas, y en ocasiones más.

Susan entró a la sala de espera (aquel lugar en donde no había ventilación), miró como confundida a su alrededor y nadie le prestó atención, todos estaban demasiado ocupados viendo sus pies y jugueteando con sus dedos como para levantar la vista y saludar. En la esquina había una recepción (incluso un letrero en el techo decía lo mismo), como si alguien pudiera pensar que se tratara de otra cosa. Detrás del mostrador, (o escritorio), una mujer pequeña, de cabeza grande, lentes aún más, cabello levantado en un cómico molote sobre su nuca y ojos caídos, ojeaba con soltura una revista vieja. Susan se quedó parada en la puerta, pues, como a aquel lugar, los que habían ido, sólo podían ir una vez, y nunca nadie les volvía a ver, nadie le dijo nunca qué tenía que hacer, así que esperó a que la mujer de la recepción le mirase o, que en el peor de los casos, alguien se diera cuenta de su pequeña persona.

El adjetivo que se acaba de usar para describir a Susan, no puede estar más equivocado, si es que se quiere tomar literalmente, ya que Susan era grande, demasiado grande, se podría decir. Uno solo de sus pies medía lo que un bebé de unos meses de nacido, y habrá que decir que su gordura era tal que sus tobillos eran ya unas masas informes y amoratadas.

* Susan debe pronunciarse como si existiera un acento en la “A”, aunque yo aquí no la pongo.

Susan giró su redonda cabeza y miró, por entre la cortinilla que formaba su tupido y negro cabello, un asiento vacío. La primera cosa que vino a su mente fue si cabría en él, y luego de una ligera inspección visual tomó la decisión de no intentarlo, haría de ese, su último día, el más decoroso que pudiera, al menos en eso. Así que Susan permaneció de pie tanto tiempo como su presencia pudo molestar a la mujer de la recepción que, mirando enfadada a Susan, soltando un bufido y arrojando su revista a la mesita de centro, carraspeó la garganta hasta que Susan le miró, con aquellos pequeños ojos negros.

- Tome asiento – dijo la mujer con la voz más impersonal que pudo (o quizás era que su voz ya era así).

Susan titubeó un poco, poco faltó para que saliera corriendo de ahí, (dejando en claro que eso de correr solo hubiera sido en sentido figurado). Pero en ese mismo instante la puertecita se abrió, salió la mujer de la bata y llamó a un hombre que estaba sentado en un sillón doble, así que Susan, apurándose, fue y se sentó en el sillón.

Eso pareció calmar a la mujer de la recepción, la cual, desde este momento, será mencionada como la mujer del peinado alto, la de la cabeza grande, la de los lentes enormes o la de los ojos caídos, que volvió a tomar una revista (esta vez de algún dispensario que debía tener en alguna parte tras su recepción), y se hundió de nuevo en la lectura.

Susan, nerviosa, miró de nuevo a las personas que esperaban con ella su turno. Había una mujer mayor, la cual miraba desconsolada una fotografía, había también un hombre maduro, el cual, con el rostro desencajado, parecía no tener nada más que hacer. Un joven de aspecto descuidado, el cual se esforzaba por no llamar la atención, tamborileaba sus dedos en sus rodillas, lo cual hacía rabiar a una joven que tenía a su lado, la cual le miraba de reojo, como si de un momento a otro fuera a soltarle un golpe.

La puertecita entonces se abrió, salió la mujer de la bata y llamó al siguiente paciente, (como también se les llamaba a estos), que resultó ser la joven iracunda, la cual, dando pasos largos y pesados, caminó todo el largo trecho con una seguridad sorprendente.

Un hombre soltó un suspiro cansino, como si le desesperara la espera. En eso, un par de hombres reacios y bien vestidos, cruzaron la puerta de entrada, saludaron cordialmente a la mujer del peinado alto, pasaron de largo y entraron por la puertecita, y en el leve resquicio que se hizo por un segundo, Susan pudo ver a la joven que hacía un momento había entrado, sentada en un extraño aparato lleno de fajos y luces, luego la puerta se cerró al instante.

Susan miró a los demás pacientes, todos eran delgados, al menos mucho más que ella, ¿qué pasaría si no podían atenderla por no caber en ese extraño aparato que vio allí?, ¿o quizás tendrían otros métodos? Susan suspiró, bajó los hombros y se miró los pies, los cuales, siempre, le habían parecido dos enormes trozos de grasienta carne podrida.

La puerta volvió a abrirse, y ésta vez el llamado fue para la mujer mayor, la cual, soltando lágrimas, acudió sin miramientos, y Susan dejó de verla sólo cuando la puerta se cerró tras ella, no sin antes dejar de notar a unos hombre todos cubiertos de plástico que limpiaban el extraño aparato donde segundos atrás había estado sentada la joven iracunda.

Susan volvió a bajar los hombros, suspiró de nuevo y entrelazó sus dedos, jugueteando un poco con ellos.

Un minuto después la mujer de la bata volvía a salir, y el hombre maduro entraba, arrastrando los pies y con los brazos colgantes a los lados como dos pedazos de él mismo pero ya sin vida. Susan quiso mirar hacia el cuarto detrás de la puertecita, pero la chillona voz de la mujer de la cabeza grande le llamaba. Susan miró a la mujer y ésta, blandiendo una hoja en la mano, le indicó que se acercara.

Susan tardó un poco en ponerse de pie, y cuando lo consiguió la mujer de los antejos enormes ya bufaba de molestia.

­- Llene esto – le dijo a Susan cuando ésta llegó hasta con ella y tomó la hoja que la otra le extendía, la cual ya estaba enganchada a una tabla.

Susan la miró detenidamente, luego, con aquella voz tímida, dijo que no tenía bolígrafo, con lo cual, la mujer de los ojos caídos, le señaló uno que colgaba del broche de la tabla. Susan, apenada, regresó a su asiento.

Aquella hoja que le entregaron era una forma, o una solicitud, quizás. Susan escribió su nombre en la parte donde decía que tenía que hacerlo, luego continuó con todas las líneas hasta que llegó a una que decía lo siguiente;

¿Qué método prefiere?

A continuación venían algunas opciones, entre las cuales resaltaban las tres primeras; Máquina especial (indoloro). Asfixia (dolor mínimo), y Envenenamiento (lento).

Susan, sin pensarlo quizás, tachó la primera opción.

A continuación otra línea decía lo siguiente:

¿Cuál es el motivo de su suicidio?

Susan, sin meditarlo, pues el momento de meditar había ya pasado mucho tiempo atrás, tachó la opción que hablaba sobre baja autoestima, luego firmó el papel, lo entregó a la mujer del peinado alto, la cual le sacó una copia, archivó el original y la copia la metió en alguna máquina nueva que Susan no conocía. Entonces Susan regresó a su asiento, la mujer de la bata salió de nuevo y llamó al joven de aspecto descuidado, luego a las otras personas que había allí antes que Susan, y al final, Susan acudió a su turno, caminando lentamente y con el corazón palpitando, y se podría decir que lo último que vio fue aquel extraño aparato respirando ante ella, como si realmente gozara de una vida propia.



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Guadalajara, Jalisco, México

Nací en México y espero morir aquí muchos años después de haber viajado por el mundo.

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