Conversación con un cadáver
A mi padre
No era un secreto el que mi padre estuviera muerto… y no tenía por qué serlo. Los demás se burlaban de mí, y eso no me molestaba, el problema era que mi padre, a pesar de saberse muerto, se empeñaba en acompañarme a todas partes en forma de un putrefacto cadáver tambaleante.
No tenía más que mirar sobre mi hombro para verle ahí, detrás, esforzándose por mantenerse en pie, mirándome con esos ojos carcomidos por los gusanos (y hasta en ocasiones podía ver a uno, saliendo de su escondite, asomando por un cacho de piel grisácea su cuerpecito blanco, el cual comenzaba a arrastrarse viscosamente por todo el rostro de mi progenitor, el cual, al darse cuenta, sacaba su negruzca lengua y se lo engullía de un bocado, como avergonzado de que su hijo le viera ser comido por gusanos). No tengo que decir, tampoco, que eso ahuyentaba a las personas, las cuales salían corriendo cuando yo les decía; “Ah, por cierto, el cadáver es mi padre”.
Durante todo ese tiempo mi padre y yo pasamos realmente buenos momentos, conversábamos mucho. Una vez hasta me dejó bajar a su tumba; había hecho unas escalerillas de tierra (un poco sueltas, pero seguras), por las cuales se podía bajar hasta la vieja fosa familiar, donde descansaba ya mi madre y un par de abuelos desconocidos por mi, además de algún tío o pariente lejano, pero nunca vi a ninguno de ellos. Cuando le preguntaba a mi padre el porqué nadie más salía a conversar, él siempre me contestaba con la misma respuesta:
- Los vivos tiene su lugar, así como los muertos, y por más que uno quiera no debe mezclarlos.
Entonces yo le preguntaba por qué él había vuelto para acompañarme siempre, y mi padre, meneando su cabeza, de forma que sus ojos bailoteaban dentro de sus cuencas, como si fueran un par de canicas en un pozo, me decía, serio.
- Porque así lo he querido, hijo.
No es que me molestara la presencia de mi padre (si tan sólo no oliera tan mal y no atrajera a los gatos), pero con el tiempo comenzó a incomodarme el hecho de que mi padre se rehusara a aceptar la verdad. Él lo sabía, no era tonto, pero parecía tener un apego a la vida mundana que, el haber conocido ya los misterios de la vida después de la muerte no había desaparecido. Por lo tanto él seguía aquí, viviendo como si estuviera vivo. Se le podía ver por las calles, cuando no estaba conmigo, caminando de aquella peculiar forma; siempre arrastrando los pies, como si en cualquier momento fueran a desprendérsele las piernas y dejarle tirado en media banqueta, valiéndose sólo de sus manos para avanzar. En otras ocasiones se divertía escondiéndose en los callejones, acechaba a un pobre incauto, y entonces salía haciendo muecas y agitando los brazos como poseído. Los pobres daban saltos de terror, y mi padre y yo reíamos hasta que el estómago nos doliera. O simplemente nos tirábamos al pasto, y observábamos las estrellas o las nubes moverse graciosamente por el cielo. Cuando niño, mi padre me enseñó a encontrar figuras en las nubes; duendes, hadas, personas, animales… nubes de formas más extrañas. Mi padre era un buen hombre, siempre se preocupaba por su familia, y nunca anteponía algo a ella, tal vez, por eso era que no me había abandonado del todo, y seguía aquí conmigo.
Una noche, mientras caminábamos por las solitarias calles, mi padre dijo algo que me puso a pensar.
- Sabes hijo – me dijo, con su rasposa voz de muerto -. Estos últimos meses han sido los mejores de mí… vida.
- Yo también los he disfrutado, padre – le contesté, comenzando a tallar mis brazos, pues siempre que hablaba con mi padre los brazos me hormigueaban.
Mi padre se llevó una mano a la frente, la cual secó (por costumbre, pues es bien sabido que los muertos no sudan). Giró la cabeza, la cual ya podía hacerlo en distintas direcciones y de formas cada vez más inquietantes, fijó sus brumosos ojos blancos en mí, lo cual me estremeció.
- Creo que ya es hora de irme, hijo – su voz sonó algo distinta esa vez.
- Ya es tarde – dije yo, mirando la hora en mi muñeca -. Mañana tenemos cosas que hacer.
Pero mi padre se detuvo, aquella noche no parecía querer caminar más. Yo me di vuelta y miré detenidamente cómo un gusanillo salía de su nariz, se detenía un momento, y luego corría presuroso hasta esconderse en su oído, como si hubiera estado largo rato vigilando y al momento de salir al verse sorprendido por mi, no le quedó más que correr.
- No entiendes hijo – continuó mi padre, serio -. Es hora de que me vaya… para siempre.
Ahora supe a qué se refería. Bajé la cabeza, triste, pues aunque la primera vez que se fue había sido doloroso, ésta segunda vez lo sería más, pues había estado tan unido a mi padre en esos meses que estaba dispuesto a aguantarlo hasta que fuera un flacucho esqueleto deslucido.
- Estuve aquí todo este tiempo porque estaba preocupado por ti – me dijo mi padre, rodeándome con su carcomido brazo -. Pero he visto que no era necesario, te crié bien, estoy orgulloso de ti, y ahora se que debo irme, pues si no, sólo te haré más daño. Sé que la gente se burla de ti por mi culpa, que doy asco…
- No me interesa que eso pase – le dije, sintiéndome mal conmigo mismo por haberlo pensado así antes -. Tú puedes quedarte el tiempo que quieras.
Mi padre meneó su tambaleante cabeza y, si los cadáveres pudieran llorar, estoy seguro de que mi padre, en ese momento, hubiera dejado salir un par de lágrimas de esas cuencas marcadas.
- Te lo agradezco, hijo – continuó -, pero no, ya es hora. Sé que estarás bien, ahora debo confiar en ti y regresar a donde pertenezco, al oscuro lugar lleno de tierra y mal olor.
Después de esto, mi padre no dijo más nada, se dio vuelta y levantó la vista. Durante un segundo o dos se quedó observando la luna, como abstraído por ella. Yo me acerqué a su espalda y lo rodee con mi brazo. Caminamos juntos el último tramo de calle hasta el panteón, donde mi padre fue agradablemente acogido por otros cadáveres que disfrutaban de salir por las noches y dar un paseo a la luz de la titilante luna. Y así, entre conversaciones, festejos, risas y bromas, mi padre se alejó para siempre de mi, en dirección al lugar que se supone van los vivos cuando dejan de serlo.
En: No Categorizado
Permaenlace: Conversación con un cadáver
Comentarios: 2
Leído 111 veces.


