Ossip Valavieri

"No existe nada bueno ni malo, es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así" William Shakespeare

 

17.6.2010 GMT

La cruz en el cielo

(leyenda ocotlense)

El viejo reloj de la sacristía marcaba las nueve de la mañana con cuarentaicinco minutos cuando el señor cura, don Julián Martín del Campo, aún aturdido y confundido por la sacudida, intentaba vendarse una mano lastimada al tiempo que la sangre que escurría copiosamente de su sien derecha nublaba su vista. El señor cura se tiró precipitadamente sobre un terregoso sillón cuando un súbito mareo le avino. Cerró los ojos y se llevó una mano a la juntura de la nariz y los ojos, apretándolos fuertemente. En ese momento se escucharon unos fuertes golpes en la desvencijada puerta de la derruida iglesia. El cura se puso de pie no sin antes sufrir un leve mareo que le obligó a tomarse fuertemente del respaldo del sillón. Cuando el vahído cesó, el cura sorteó obstáculos, que iban desde mobiliario y ornamentos de la sacristía, hasta trozos de muros viejos, pinturas y algunas imágenes de santos y mártires que reclamaban una mejor suerte. El señor cura consiguió llegar hasta la puerta de la iglesia y, al abrirla, vio la deslumbrada mirada de José, un joven de 20 años dedicado a la preparación del maíz. El joven lucía confundido, al igual que todo el pueblo, pero algo en su mirada delataba cierta febrilidad mezclada con una profunda incertidumbre. José miró al cura y, antes de hablar, se mojó los labios resecos por el sol y la tierra.

- Señor cura – comenzó diciendo con voz trémula -, será mejor que venga a ver esto.

El joven lo dijo con un tono que hizo al señor cura obedecerle sin preguntar, ya habría tiempo para eso.

Ambos salieron de la iglesia luego de que el cura llenara un bule con agua bendita. El panorama era desolador. No había salido de la iglesia desde que el temblor cesó, pero lo que hubiera podido imaginarse en el encierro no hubiera sido ni la sombra de lo que sus ojos vieron; el pueblo completo había sido reducido a cenizas. Las casas se esforzaban por sostenerse en pie, al igual que la gente, pues muchos vagaban sin rumbo aparente, como si creyeran estar dentro de un sueño o una pesadilla. El cura observa su entorno y no veía sino muerte y dolor; cuerpos por doquier, regados a medio camino o dentro de zanjas abiertas en el suelo. De entre los escombros se podían ver manos de dedos crispados, amoratados y ensangrentados, como si hubieran sucumbido ante el intento de salir de su prisión de ruinas, y alguna que otra movía espasmódicamente los dedos en un último esfuerzo por anunciarse aún vivo.

Los heridos eran auxiliados por los que habían tenido mejor suerte; desde niños, mujeres, hombres y viejos, todos los que pudieran levantar una piedra, por pequeña que fuera, ayudaban. El señor cura se quedó un momento mirando cómo un niño de 4 años, con el rostro cenizo y lleno de lágrimas, mantenía los ojos fijos en una mujer que yacía a sus pies, rígida, con los ojos completamente abiertos, como si la muerte le hubiera tomado por sorpresa. El cura se acercó al niño y le puso su mano sobre la mollera, con lo cual el chiquillo levantó la vista y le miró con unos ojos vidriosos que pedían una explicación. Un hombre de aspecto duro pero solidario se acercó al niño y lo desprendió del cuerpo sin vida de su madre, cuya mano aferraba entre las suyas, más pequeñas.

Ese era el panorama en todo el pueblo, pero el espectáculo más grotesco lo brindaba el cementerio; la tierra se había abierto como entradas al mismo infierno, y dejaba ver huesos o cuerpos aún descomponiéndose; manos y rostros descarnados, bocas sin labios que dejaban ver amarillentas filas de dientes que parecían reírse de la suerte de los vivos. El cura se llevó una mano a la nariz para sofocar el olor a muerte, pero habiendo tanta, eso era casi imposible.

Por fin llegaron al centro del pueblo, donde una multitud de gente estaba amontonada alrededor de algo, todos mirando al cielo, cosa que al cura le pareció absurda, pues la polvareda levantada por el temblor había privado al pueblo de los rayos del sol, las nubes y la esperanza, pues una bruma de tierra se posaba sobre ellos. De pronto José se detuvo frente al cura y le tapó el camino, con lo cual éste se paró en seco y le miró, confundido. José apretó los labios y parecía pensar en las palabras que diría.

- Señor cura – dijo el muchacho -, yo no soy muy inteligente... y santo mucho menos.

El señor cura le miraba con ojos entrecerrados.

El joven siguió.

- Yo sólo sé moler maíz y hacer alguna que otra cosita – continuó el joven, mirando del suelo al cura y de nuevo al suelo, como si no se sintiera digno de mirarle a los ojos -. Se muy poco de eso que ustedes llaman milagros, pero…

- Habla de una vez, muchacho – le interrumpió el cura, ya un poco hastiado.

- Bueno… pues… - José titubeaba, indeciso -. ¿Ve esa luz en el cielo?

José señaló con su mano el punto que todo el pueblo observaba. El cura siguió su dedo y vio un tremendo resplandor, tan brillante como el sol mismo.

- ¿Qué hay con ello? – dijo el cura -, es el sol.

José negaba con la cabeza.

- Le repito que yo no se muchas cosas – prosiguió el muchacho -, pero eso no es el sol. Allá arriba vi a alguien.

Ante esta posibilidad, el cura no pudo sino soltar una especie de risa amarga. Miró a José a los ojos.

- Todos estamos confundidos, José – le dijo -. El temblor fue horrible y…

El joven se limitó a levantar de nuevo su mano en dirección al resplandor. No dijo nada, sólo miró al señor cura a los ojos y luego caminó hacia la multitud de gente que miraba el brillo del cielo.

El cura, soltando un leve resoplido, siguió al muchacho. Cuando llegó con el resto del pueblo ninguno advirtió su presencia, sino que seguían absortos en la contemplación del brillo. El señor cura, don Julián Martín del Campo, levantó la vista y vio una brillante luz entre blanquecina y amarillenta, luego no hizo sino persignarse y dejarse caer al suelo de rodillas, con lo cual todo el pueblo le imitó.

En el cielo, entre el brillante resplandor, se elevaba, majestuosa, la imagen de Cristo crucificado, y nadie pudo negar que estuvo ahí durante mucho tiempo. Si existen los milagros, definitivamente en Ocotlán, ese día, ocurrió uno.



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Guadalajara, Jalisco, México

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